En 1989 yo era médico residente en la Casa Cuna.
Era el domingo 8 de julio y estaba de guardia.
Al rato de llegar a la sala de internación nos avisó la enfermera que uno de los pacientitos estaba mal.
Era un bebé de unos cuantos meses, había conocido unos días antes, cuya mamá adolescente y muy pobre había estado alimentando a base de leche diluida con té de paico. Muy desnutrido, en ese momento internado por deshidratación, se había descompensado y estaba en paro cardíaco.
Los residentes intentábamos reanimarlo con más ímpetu y amor que ciencia.
En la sala había varios televisores, todos encendidos y sintonizando en Cadena Nacional el discurso de asunción a la primera presidencia de Menem.
Tenía entre pulgares e índices a un chico sin músculo suficiente por falta de alimento y oportunidades. El riojano nos decretaba en proceso de revolución productiva así como más adelante nos decretaría parte del primer mundo.Por la tele todos felices y sonriendo.
El bebé llegó vivo a la terapia intensiva .Finalmente zafó y se fue de alta un par de semanas más tarde.
La sensación de amargura y bronca todavía me dura.
Años después, tomando mate , Armando comentaba los dichos de Menem acerca de futuros viajes a la estratosfera para llegar a Corea y Japón en media hora.
-Otra pelotudez, le dije.
-Otra pelotudez, le dije.
Me acordé y le conté en ese momento el episodio de mi guardia del día del discurso.
Empezó a enojarse.
-Uno cree que hablan boludeces-dijo- pero no son boludos. Hablan para que les mires la cara, para que no les mires el zapato con que te pisan o el culo con que se están cagando en vos.
Ahí se le escapó una risa nerviosa- o que no les miren la panza con que te están haciendo la digestión.
Ahí se le escapó una risa nerviosa- o que no les miren la panza con que te están haciendo la digestión.
El tío no era un poeta, pero tenía algunas ideas claras.

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